Los procesos de toma de decisiones tienen un secreto: no le preguntes al cerebro lo que debes preguntarle al corazón.
El cerebro trabaja con la lógica, y por esa razón, cuando le haces preguntas que no le corresponde responder, su respuesta será una estructura de opciones: te dará ventajas y desventajas, razones por qué sí y por qué no. Esas respuestas estarán condicionadas por todas nuestras creencias y por nuestro inconsciente, y por tanto no darán solución a nuestras dudas; es más, al no ser el responsable de dar la respuesta, nos sentiremos más confundidos.
El corazón, en cambio, trabaja desde la convicción y sin dudas, y sus respuestas son precisas: sí o no.
Si queremos saber qué queremos, los qué se los preguntamos al corazón. Y una vez que tengamos la respuesta, los cómo se los preguntamos al cerebro.
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